Esta historia es la más importante para mí.

Su origen se remonta a una época muy temprana de mi vida, cuando era un adolescente. Mientras muchos pasaban las tardes jugando videojuegos o viendo la televisión, mi hermano menor y yo teníamos una actividad diferente.

Nos recostábamos cada uno en una cama de la litera, y la magia comenzaba.

Construíamos una historia.

A veces uno aportaba la descripción de un personaje. Otras veces el otro proponía la trama. En ocasiones alguno inventaba una mecánica de poder y el otro añadía el dilema. Era una maravilla de actividad.

Como éramos jóvenes, estábamos muy lejos del rigor estilístico o argumentativo de la literatura formal y barroca. El resultado eran historias altamente fantásticas, donde las reglas no existían ni aplicaban.

Eso puede apreciarse en uno de los poderes más raros que llegamos a crear: "Transformación en Caballo".

La habilidad hacía exactamente lo que prometía su nombre.

El que elaboraba el ataque se transformaba en caballo.

Y eso te vence.

¿Por qué?

Porque sí.

Sin explicación alguna.

Aquella actividad generó en mí un pensamiento interior creativo que me ha acompañado toda la vida. En el transporte público, antes de dormir o en momentos de silencio, mi mente divagaba constantemente en historias: personajes, los arcos que debían atravesar, sus dilemas morales y los poderes con los que afrontarían su épica.

Así fue como, por casi veinte años, creé una historia dentro de mi mente.

Aún sin orden.

Sin personajes completamente definidos.

Y sin un principio y un final estructurados.

Aunque, siendo honesto, la escena final estuvo ahí durante mucho tiempo. Y aunque al final la mecánica no se transmitió tal cual, esas escenas en mi mente sí encontrarían su destino definitivo en Gen H.

Hay algo importante que debo comentar.

Durante esos veinte años jamás me atreví a escribirla. Sólo permaneció en mi mente.

¿Qué cambió?

Un problema emocional que cambió mi vida para siempre.

Durante mi camino amoroso —veinticinco años de romances, amoríos y enamoramientos—, nunca había tenido un amor con el cual se despertara eso que para muchos aparece de manera natural, espontánea, o simplemente no lo planean: la paternidad.

Y es que para mí, la paternidad siempre ha sido algo lleno de mitos, expectativas y traumas.

Mi propia historia infantil está trazada a partir de un evento que marcaría la relación con mi padre para siempre, lo que convertiría ese proceso natural en algo lejano en mi mente.

Pero cuando ella apareció, toda duda anterior desapareció.

Esa sensación nació.

Y por primera vez me permití soñar e imaginar una familia.

Con ella todo fluyó con naturalidad. Empezamos por ponerle nombre a hijos imaginarios: Luis, el primogénito, y Liliana, la segunda hija.

Pasamos horas hablando de ellos. En la autopista. En silencios. En cenas. En cómo serían esos hijos.

El nombre de Luis lo escogió ella por su futbolista ídolo y amor platónico: Luis Alberto Suárez Díaz. Para ella, el nombre era absolutamente innegociable.

Yo elegí el de Liliana.

Aún puedo recordar una plática de una hora, en León, sobre a quién iban a querer más nuestros hijos. Ella decía que la querrían más a ella por ser la mamá. Yo decía que a mí, porque tengo más tiempo libre y, por supuesto, porque soy genial.

Todo parecía que iba a buen puerto. Que la vida me había puesto un destino, un propósito.

Ahí nació mi versión prime. Un Iván capaz de hacer cualquier cosa.

Físicamente nunca he estado tan fuerte ni lleno de vigor como entonces. Mi capacidad para terminar mi trabajo, generar nuevos proyectos y oportunidades jamás volvió a ser como en aquel entonces.

Pero todo se derrumbó.

Ella se fue un día.

Simplemente dejó de contestarme.

En medio de esa incertidumbre, descubrí que la relación había sido diferente para ambos; ella mantenía varias líneas de forma simultánea.

Y con un post devastador en Instagram, vi cómo esa idea de familia se quemó en un segundo.

Ellos, Luis y Liliana, se fueron para siempre.

Durante meses me sumí en la apatía. Intente recomponer los restos de mí.

Y parte de mi proceso de sanación fue escribir, plasmar historias e ideas en literatura.

Ahí, creé un espejo mío: un hombre apagado, que cuando al fin decide volver a mostrarse al mundo, le dice adiós finalmente a esos hijos.

De ese dolor nació uno de los poderes más espectaculares y simbólicos de mi literatura:

El Gato Bermellón.

La cúspide del amor paternal.

Una entidad nacida de un amor que se niega a desaparecer solo porque los hijos imaginados dejaron de existir.

El Gato Bermellón toma forma y viaja por el multiverso, buscando un hijo al que proteger, una esposa a la que cuidar.

Y ahí llega al universo -i.

Donde encuentra a Luis, el hijo que imaginé, como protagonista de mi historia.

Y a Lilith, el eco de la hija que imaginé.

Y ese día nació Gen H.

La que, hasta hoy, considero la historia más fantástica, simbólica e importante que he creado.