*Fragmento de Casa de los Michis

I4$%&&/%/, el papá de los michis, leyó el mensaje de C4%&/%&% sin siquiera pestañear, no había intención en su mirada, se mantenía apagada.

Solo pensó.

Había pasado meses encerrado, prisionero no de un espacio, sino de sí mismo. Su barba había crecido hasta deformarse, irregular como un matorral sin dueño. Su abdomen, hinchado por la tristeza y la inercia, se proyectaba hacia adelante como una gestación absurda: parecía estar embarazado de depresión.

Su ropa eran harapos de su vida pasada: pants viejos, camisetas cuarteadas, tela saturada de humedad y tiempo, con un olor que ya no podía describirse, solo tolerarse. Salir no era opción, al menos no ahora, no como estaba.

Marcó el mensaje como leído y, mientras la pantalla volvía a su mudez habitual, pensó:

—Quien diablos creen que soy, para asistir a una reunión de último momento… tal vez no tenga nada que hacer hoy, pero eso solo yo lo sé.

Miro al techo de su habitación, la cuál permanecía oscura.

—¿Acaso me creen un perdedor?

Se levantó.

El movimiento fue torpe, pesado, como si su cuerpo hubiera olvidado la ley de la voluntad. Ante el espejo, descubrió la criatura que llevaba meses evitando mirar. La barba era un mapamundi del descuido: de un lado compacta, con granos de fritura fosilizados y manchas de bebidas convertidas en una pasta pegajosa; del otro, una selva salvaje llena de pelos de gato.

Compararse con el naufrago de aquella película habría sido un elogio inmerecido.

Tomó su rasuradora.

Intentó domar ese exceso de abandono, pero el aparato zumbó débil, sin energía. No tenía carga. Hacía meses que no tocaba su rostro con intención de vivir. La conectó, resignado, y supo que no podía usarla aún.

Se metió a la ducha.

Los michis observaban.

Verlo entrar a la regadera era como presenciar un eclipse raro: ocurría cada cierto número de lunas, y siempre transformaba algo. Durante meses, ese hombre había sido un cadáver laboral, alguien que trabajaba desde casa, codificando en Swift o Kotlin, comiendo en línea, comprando desde la misma silla donde se desintegraba poco a poco.

Pero ahora, se bañaba.

Se enjabonaba el cabello, la barba. Se ponía desodorante, ese sonido que los felinos odiaban porque les recordaba el refunfuño de un animal extraño.

Recordaron cuando entraba más de una vez al día, cuando esa mujer —Andrea— lo visitaba, o cuando él regresaba oliendo a ella. Andrea: dominante, firme, capaz de desafiar incluso a Negri.

Ella había sido una tormenta.

Ahora solo quedaba humedad.

Salió del baño. Se puso unos tenis que estaban doblados como plastas, petrificados por la inactividad. Los desdobló con una fuerza mínima, casi simbólica. Y entonces, hizo algo que ninguno de los michis esperaba: abrió la puerta. Y salió.

Tlaloc caminó directo hacia el Michonte, desconcertado.

—¿Por qué podemos ver su cara? ¿Por qué podemos leer sus pensamientos? Eso nunca había ocurrido.

Mauricio, en su grandeza silenciosa, se recostó sobre sus patas, la mirada fija en el hombre que se alejaba por el pasillo del edificio.

—Él lo decidió. Su dolor, su humanidad no serán únicamente para sus pensamientos.

El rostro de aquel gato pareció humano por un instante.

—Se ha abierto al mundo.

Los michis se miraron incrédulos. Ni Manguito, con su fuerza capaz de aplastar relatos, ni el Tigontio, capaz de cambiar la narrativa estética, ni la Micronta, con el poder de alterar historias completas con un solo pelo… ninguno podía ver su rostro antes. Tampoco leer su interior.

Pero hoy, él se mostraba.

I4$%&&/%/ regresó al poco tiempo. Afeitó su barba. Reacomodó su cabello. Ya no parecía un náufrago. También traía un recibo: una suscripción al gimnasio. Y un costal de croquetas frescas. Los michis lo vieron servirlas. Las recordaron por su aroma. Croquetas vivas, no restos caducados de bodegas olvidadas.

Pasaron semanas.

El hombre asistió al gimnasio con regularidad. Cocinó. Dejó de pedir comida por envío. Sus hombros se reafirmaron, su torso volvió a su lugar, las mejillas recuperaron tono. Se convirtió en algo que no buscaba: alguien nuevo. Con otro porte. Con otra historia.

Entonces miró su celular. Abrió aquel mensaje que había descartado. Lo leyó completo. Y sonrió. Descubrió que no había perdido la oportunidad:

«Hay una reunión de compañeros de la escuela. ¿Quieres ir?
Será en Noviembre.»

Aún quedaba un mes.

Respondió tecleando con dificultad:

«Perdona, estuve fuera del país, no pude contestar el mensaje. Claro que iré. Dame más detalles.»

Aparecieron los tres puntos. C4%&/%&% estaba escribiendo.

«Claro, será el 6 de Noviembre a las 6, en casa de Martín, calle 3, depto 601.»

Él contestó sin dudar:

«Ten por segura mi asistencia, bonita tarde.»

Luego continuó con su vida, pero esta vez no solo trabajó. Abrió su computadora con otro fin. Creó una carpeta en Google Docs: «Lore Felino». Comenzó a escribir historias. Algunas eran incoherentes. Otras eran heridas disfrazadas de fantasía. Pero todas nacían de la necesidad de hablarle al silencio.

El tiempo avanzó, veloz, como lo hace cuando ya no duele.

Llegó el sábado 6 de Noviembre. Estaba afeitado, bañado, con una ropa casual que no pretendía impresionar a nadie, pero tampoco esconderse. Solo quería ser un hombre. Tomó las llaves del coche.

Y salió.

Llegó a un edificio con múltiples departamentos. Tocó el timbre 601. La voz que respondió le era familiar, como un eco de adolescencia. Subió las escaleras. Seis pisos. No parecían peldaños. Eran pruebas. Las subió una a una, ignorando el impulso de huir. Afrontó la vida como debe hacerse: con miedo, pero con decisión.

Entró al lugar. Había varios compañeros. Eran versiones desgastadas de los jóvenes que recordaba. Él sonrió. Sabía que ellos veían lo mismo en él. Se abrazaron más fuerte de lo esperado, como si las memorias de otra época hubieran estado esperando para ser tocadas otra vez. Los extrañaba, aunque quizá lo que extrañaba era al muchacho que había sido con ellos.

Saludó a todos, menos a una: C4%&/%&%.

No la había reconocido con el nombre. Pero cuando la vio, la memoria la besó de inmediato. Era aquella adolescente que siempre le pareció atractiva sin explicación. Llevaba el mismo aire de misterio, la misma sensualidad inexplicable. Ahora también. Pero el saludo fue sencillo.

—¡Hola C4%&/%&%, tanto tiempo sin verte, un gusto!

Se abrazaron.

Y él giró la cabeza, dejando lo que había traído para la reunión. Pidió permiso para ir al baño.

No fue a satisfacer necesidades corporales.

Fue a cerrar una herida.

Tomó el celular. Abrió el perfil de Andrea. Miró la foto del ultrasonido. Una lágrima escapó, involuntaria. La limpió con la rapidez de un soldado que no quiere que lo vean caer.

Vio la foto una última vez.

Recordó el último fin de semana juntos: las comidas, las risas, los chistes, el sexo, los abrazos. Los planes. Los hijos con nombre: Luis Alberto y Liliana.

Recordó las discusiones ficticias: quién amaría más a quién. Si practicarían karate o fútbol. Si aprenderían guitarra o baile. Recordó que había sido padre sin hijos. Que había amado a fantasmas por adelantado. Que había alimentado un futuro inexistente con una ternura real.

Entonces presionó los tres puntos. Vio la opción:

Silenciar.

Lo hizo.

No fue un acto de rencor. Fue despedida de una vida que nunca existió. Cerró el celular. Salió del baño, listo para escribir otra historia.

Esta vez, la suya.

Pero el amor no desaparece porque se le niegue un destino. No se evapora o se rinde. El cariño de padre que había surgido de aquellos sueños no aceptó morir sin haber sido. Era intenso e insistente.

Decidió existir.

Toda esa energía —meses de afecto, años imaginados en segundos— se comprimió. Primero fue solo aire, luego un reflejo, después un color, carmesí, escarlata, bermellón.

Se formó una esfera, pronto formó una silueta, una cabeza felina, la de un gato.

El Gato Bermellón.

Era el amor paternal que no encontró hijos en ese universo. Así que abrió un portal y escapó. No estaba dispuesto a morir. Buscó un lugar. Un niño. Un mundo donde sí fuera necesario.

Y allí comenzaría otra historia.