Sin duda, la etapa de mi vida que me dio la mayor cantidad de material onírico fue cuando existía Terminus, la empresa de software de la cual era socio.
Mis responsabilidades, la asfixia económica y la desesperación de que no existiera algo más en la vida fuera de Terminus —sumado a que mi socio era posesivo, egoísta y narcisista, acaparando los espacios libres y las actividades para atenderse a sí mismo, delegando mis términos personales al último—, causaron una escena invisible para mí.
En este mundo, el cual ahorita recuerdo más como una realidad alternativa que como una etapa, tuve un sueño impactante.
Inicia con un problema en la casa del gobernador del estado (Tlaxcala para el contexto de esa época, a mi edad de ese entonces, treinta años).
Su casa, enorme, llena de ventanales y arquitectura moderna pintada en blanco, tenía atrapado en su interior a un cerdo rosa. Pero no uno normal, sino uno enorme: del tamaño de un tanque de guerra.
Como era natural, su paso en el interior causaba una cantidad de destrozos que arruinaban la pulcritud de la casa del gobernador. Ya muchas personas habían intentado sacarlo de ahí; todos fracasaron.
Entonces nos llamaron a nosotros (Andrés, mi socio, y yo). Evaluamos la situación como lo hacíamos con los problemas técnicos.
Evaluando variables, situaciones, posibilidades.
Al final, desarrollamos un plan: alguien tenía que entrar, golpear al cerdo y hacer que lo persiguiera para sacarlo por la puerta principal, en donde habíamos cavado una zanja enorme en la que el cerdo quedaría atrapado.
Como era costumbre en nuestra dinámica empresarial, las actividades más riesgosas estaban de mi lado. Yo era el indicado para golpear al cerdo.
Así que tomé un bat, entré a la casa con temor y, al encontrar al cerdo comiendo algo del suelo, lo golpeé con todas mis fuerzas.
El cerdo chilló con fuerza, con angustia.
Me correteó.
Yo, apegándome al plan, corrí por toda la casa y llegué a la salida. Al salir, di un brinco hacia uno de los lados. El cerdo cayó directo a la trampa.
Habíamos conseguido lo que los demás no. Festejamos. Entonces llegó el Gobernador, nos felicitó y, a mí, que había tomado el riesgo, me dijo que me iba a premiar de una manera especial.
El sueño da un salto. Ya no estoy en Tlaxcala; estoy en un lugar de Asia, en una central de mando de protección civil.
Estoy rodeado de gente con rasgos asiáticos, pero no podía comunicarme con nadie: el idioma era un impedimento.
Recuerdo que en el lugar sonaban constantemente alarmas, luces se encendían y los monitores mostraban información. Pero yo sentía soledad. Nadie se comunicaba conmigo; estaba solo en esa ciudad. Era un buen puesto de trabajo. Mi sueño entendía que era el favor prometido por el gobernador.
Al sonar la campana de la hora de salida, me emocioné. Quería salir. Tomé mis cosas y, sin perder un segundo, me fui.
Afuera había camiones de bomberos. Era un lugar inmenso. Parecía un paradero de camiones de la CDMX; el de Metro Constitución de 1917 en particular. Caminé por las calles hasta llegar a una parte donde la gente desaparecía y solo quedaban restos del movimiento: el taller o patio trasero del lugar.
Entonces sonó una alarma.
Fuerte y potente.
Parecía una alarma nuclear.
Todas las personas comenzaron a correr.
Era la alerta de tsunami.
Todas las personas, asiáticos, corrían desesperadamente para subir a los edificios más altos. Yo hice lo mismo. Corrí por las calles con desesperación. Encontré un edificio alto; quise entrar, pero era imposible. La entrada estaba abarrotada; había tanta gente que habían obstruido la puerta.
Me desesperé, así que corrí alrededor del edificio.
Encontré la manera de subir, pero era riesgoso: debía trepar por las paredes, entre edificios menores. Recordé mi habilidad infantil de trepar bardas, así que, después de esquivar diferentes obstáculos como bardas muy delgadas, alambres y saltos imposibles, llegué al techo del edificio.
El lugar ya estaba abarrotado.
Me coloqué con los demás, esperando que lo peor pasara. Entonces llegó un helicóptero. El sonido de sus hélices se volvió ensordecedor. Todos abrieron espacio en el techo para que pudiera aterrizar. De él bajó un hombre vestido con traje gris, un tipo oriental.
Todos guardaron silencio.
Dijo algo que no pude entender. Al terminar, las personas entraron en una nueva crisis mientras el hombre se fue en helicóptero. Ahora todos querían bajar. Las orillas del techo comenzaron a desbordarse; era imposible transitar.
Yo tuve que arrastrarme por las orillas, sosteniéndome únicamente con mis brazos por el borde, con mis pies mirando al vacío. Al fin pude bajar. Todo el mundo corría hacia la costa.
Los seguí.
Ahí todos huían en botes y barcazas. Quise comprar un boleto para irme en una, pero todas estaban llenas. Lo único que existía era una embarcación extraña: eran microbuses viejos pintados de gris y verde, como el transporte público de la CDMX en los años noventa. En lugar de llantas, estaban sobre una especie de colchoneta negra llena de aire; con eso flotaban en el mar.
Compré mi acceso, pero al igual que los microbuses de la CDMX, hacía base; no salía. Me desesperé y me bajé para comprar algo en una tienda. La tienda era una choza de paja sin techo; el cielo podía verse desde su interior.
Al entrar, pedí un refresco.
Y de repente escuché un grito.
Todo el mundo gritaba en desesperación.
Volteé y, al mirar al cielo, noté algo aterrador: una enorme ola se había formado, una de varios kilómetros de altura. Éramos insignificantes en comparación.
El fondo se llenó de una música operística y sacra; una combinación extraña donde sopranos hacían cánticos de muerte.
Me quedé viendo cómo la ola comenzaba a descender para aplastarnos.
Acepté mi muerte.
Con resignación.
Y desperté.