¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!
La alarma del despertador sonó, invadiendo la calma del alba con el sonido de la responsabilidad, de la monotonía. El mundo onírico desapareció lentamente, como una bruma aclarándose sobre la mente de Rúben.
Su rostro parpadeó. Dio una vuelta en la cama.
Era un departamento rentado, pequeño pero tranquilo. Descansaba sobre una cama matrimonial; a su lado, una mujer aún yacía dormida.
Él se levantó con pesar y, con una resistencia casi mítica, llegó hasta el baño. Al prender la luz, su larga cabellera de rizos y curvas se hizo evidente.
Su piel morena parecía haber perdido color.
Se llevó agua al rostro y se observó en el espejo. Su mirada no mostraba felicidad ni optimismo; tampoco tristeza o enojo.
Solo un rostro plano, tan plano que parecía haber sido aplastado por el tiempo.
Caminó con lentitud hacia la cocina. Allí, el viejo refrigerador sonaba, peleando por no morir de desgaste. Su zumbido era áspero y mecánico; la superficie estaba picada y la pintura se aferraba al metal, perdiendo la batalla.
Sobre el electrodoméstico había una hoja. Un calendario marcaba algunas fechas.
La más sobresaliente: "Aniversario".
Al cabo de unos minutos estaba listo para salir a trabajar. Regresó sigilosamente a su cuarto, donde estaba ella. Aún seguía dormida. Él la besó, sin despertarla, y partió.
En el transporte público pensaba mientras permanecía sentado, mirando el exterior a través de la ventana empañada.
—No voy a comprar nada esta vez... ¡Hoy sí terminamos!
No se dio cuenta, pero la última frase se escapó de su garganta.
Una viejita, de casi setenta años, lo escuchó.
—¿Qué pasa, joven?... ¿Problemas en casa? —dijo ella.
Rúben se acongojó. Sus mejillas se ruborizaron y se volteo con rapidez, sin responder a la señora.
La viejita lo observó. Por un instante, él permaneció rígido.
—A veces es más fácil platicar con desconocidos... Cuando bajes, nunca más me volverás a ver —dijo la ancianita.
Rúben se tranquilizó.
Por un momento dudó, pero finalmente respondió:
—Sí, llevo seis años intentando romper con ella, cuatro sin tener intimidad, dos que salgo con otras mujeres —confesó él.
La viejita lo miró. Sus ojos se abrieron.
—¿Qué te detiene? —preguntó ella.
La cara de Rúben se llenó de duda. Sus ojos se perdieron por un instante. Intentó recordar. Sus pies comenzaron a dar pequeños golpes nerviosos contra el suelo del camión.
Durante un momento solo hubo silencio.
—No lo sé —respondió al final.
La viejita lo miró. Le sostuvo el hombro con sus manos arrugadas.
—¿Alguna vez se lo has dicho? —preguntó ella.
La respuesta llegó sin esperar.
—Sí, cada año, cada que puedo —dijo él.
La viejita respiró hondo. Lo miró con compasión.
—Y entonces... ¿qué pasa? —preguntó ella.
Rúben mudó el rostro. Se llenó de frustración, abrió los ojos por completo y se llevó ambas palmas al rostro.
—Lo... lo... lo que pasa —dijo él, tartamudeando.
De pronto, a su mente llegaron escenas de llantos y súplicas.
El rostro de ella inundado en lágrimas.
En un parpadeo, la imagen de un elefante azul, con un rostro lleno de angustia, apareció en su mente.
Para esfumarse de inmediato.
—Es que ella llora, suplica... no puedo contra eso, no puedo hacerle daño —dijo él en automático.
Su cuerpo parecía estar en trance.
La viejita suspiró.
—He visto a muchas de mis amistades perder toda una vida así —dijo ella con pesar.
Rúben volteó hacia ella con genuina curiosidad.
—Sin embargo, he visto a alguien que sí pudo contra eso —añadió ella.
Suspiró una vez más.
—Yo... ¿Quieres saber cómo lo hice? —preguntó ella.
Los ojos de Rúben se llenaron de expectación.
Parecían brillar.
—Sí —dijo sin dudar.
La viejita se acomodó. Tomó una posición que le permitiera no cambiar de postura, como si el relato que estaba por contar fuera tan largo que necesitara un espacio ritual para hacerlo.
Rúben la miró expectante.
Esperó que ella le diera un indicio.
Una pista.
No apartó ni un segundo la mirada de ella.
Entonces...
Un rechinido zumbó en el ambiente. Todos fueron empujados por la inercia.
Eran los frenos del camión.
Luego vino un sonido seco, metálico.
Oscuridad.
¡BEEP! ¡BEEP! ¡BEEP!
La alarma de un despertador sonó de forma incesante. Rúben abrió lentamente los ojos. No recordaba nada. Su mente parecía salir de un trance.
Lo primero que vio fue un mundo totalmente oscuro. Parecía que la luz había sido extraída del mundo.
A excepción de un agujero en el techo, un haz descendía como una cascada luminosa.
Parpadeó.
De pronto, todo el horizonte se llenó de ventanas, cada una luminosa. En cada una se veían escenas; en todas él era el protagonista.
Rápidamente lo comprendió.
En cada una había una vida distinta.
En algunas lo había hecho.
En otras tenía hijos.
En algunas era un vagabundo.
En otras relucía de éxito.
Se dio cuenta de que cada ventana estaba conectada a él por un hilo blanco, de brillo opaco.
Notó que uno brillaba con más intensidad.
El hilo conducía a una ventana donde él estaba en una cama de hospital. Frente a él, en una silla, recostada sobre sí misma, una mujer hundía el rostro entre las rodillas.
Era ella.
—¡Rebeca! —gritó Rúben.
La máquina de pulso marcaba una línea recta, el símbolo de la ausencia de vida.
La muerte.
El cristal de la ventana se rompió.
El crujido resonó en sus oídos como cuchillas enterrándose en un nervio.
—¡Arghhhh! —gritó él mientras se retorcía en el suelo.
Su rostro se llenó de lágrimas.
—¡No!, así no... así no debió ocurrir... ¡Rebeca! —sollozaba Rúben.
Su cuerpo estaba tendido en el suelo.
Derrotado.
El tiempo pasó, sin posibilidad de medirlo.
Cuando parecía que nada cambiaría, intentó levantarse.
Pero lo que vio lo dejó helado.
Frente a él, un enorme elefante bípedo estaba de pie.
Regordete, de un color azul oscuro, tan oscuro como si toda felicidad hubiera sido arrancada de él. Su rostro era agónico; tanto ojos como boca eran solo sombras de una negrura vantablack que dibujaban arcos de agonía y tristeza perpetuas.
No se movía.
Solo estaba ahí.
Rúben quedó en parálisis.
Sin moverse.
No se atrevió.
La eternidad comenzaba a asomarse, como si fuera a ocupar el fondo de la escena.
Cuando él se movió de nuevo, otro hilo se iluminó.
El trazo avanzó hasta una nueva ventana.
Hacia una nueva oportunidad.
Una vez más, Rúben quedó paralizado.