Me sorprende la facilidad con la que los seres humanos comenzamos cosas que jamás terminamos. Lo peor es que, la mayoría de las veces, la persona a la que más defraudamos no es a los demás, sino a nosotros mismos.
Mientras realizaba una especie de rebranding personal —revisando prioridades, escarbando en viejos traumas y tratando de entender algunos de mis propios demonios a través de las historias que escribo— me encontré con algo curioso: un texto que escribí hace veinte años, algo a lo que no le di continuidad, era yo abandonando esa vieja versión de mi.
Se llamaba Borrón y Cuenta Nueva.
Lo escribí cuando tenía diecinueve años. Terminus apenas era una idea y mi socio Andrés y yo éramos dos jóvenes de cabello largo y facha rockera que intentaban convencer al mundo de que podían construir algo importante. Nadie nos tomaba en serio. Recuerdo llegar a reuniones con clientes y empresas que ya nos habían contratado y escuchar a las oficinistas la misma pregunta una y otra vez:
—¿Cuándo llega el ingeniero?
Aquello me parecía brutal.
Porque yo era el ingeniero.
De alguna forma, ese choque entre cómo nos vemos y cómo nos ve el mundo es una de las ideas que hoy intento explorar en El Colágeno. Por eso decidí volver a aquel texto y responderle veinte años después.
En aquella entrada hablaba de buenos amigos, de amores, de reconocimientos, de viajes y de una vida que, aunque imperfecta, parecía avanzar en la dirección correcta. También hablaba de la llegada de la adultez, de la búsqueda de libertad y de mi convicción de que el emprendimiento sería el camino para alcanzarla.
Veinte años después, puedo decir que casi nada ocurrió como imaginaba.
De aquellos amigos queda muy poco, la mayoría se han ido. Los amores terminaron, algunos se convirtieron en prisión. Muchos reconocimientos quedaron enterrados en el pasado, cuando la vida escolar premia cada paso. Mi vida llegó a tener momentos de auténtico caos, etapas tan agotadoras que hoy me cuesta entender cómo podía dormir apenas dos horas al día, recurrir al alcohol, dos vasos del vodka mas barato, para conciliar el sueño, pasar hasta cinco capítulos diarios de parálisis del sueño o pasar semanas enteras sintiéndome completamente solo.
También descubrí que el viejo dilema entre tiempo y dinero era mucho más complejo de lo que creía. Hubo épocas en las que deseaba tener más horas para producir, veinticuatro horas no me eran suficientes, y otras en las que lo único que hacía, era sentarme a contemplar la naturaleza desde mi balcón sin hacer absolutamente nada.
Sin embargo, hubo una idea que sobrevivió a todo.
La convicción de que el esfuerzo importa.
No porque garantice el éxito. Eso sería una mentira.
Pero porque no esforzarte sí garantiza algo: no conseguirlo.
Vi personas con todas las ventajas posibles perderlo todo. Vi otras comenzar desde mucho más abajo de donde yo estaba y alcanzar alturas que parecían imposibles. También comprendí algo importante sobre eso que solemos llamar "el sistema".
Mucha gente lo imagina como un villano.
Yo ya no.
El sistema no tiene moral. No odia. No ama. No tiene favoritos. Simplemente existe. Entenderlo no significa aprobarlo, pero sí reconocer que antes de intentar cambiar cualquier cosa debemos aprender cómo funciona.
Sé que todo esto puede sonar pesimista. Como si un hombre derrotado estuviera respondiéndole a un muchacho lleno de ilusiones, y probablemente muchos de ustedes no puedan ver otra cosa.
Pero la verdad es exactamente la contraria.
Lo que existe aquí no es derrota.
Es entendimiento.
Vivimos en una época construida sobre el esfuerzo de incontables personas que estuvieron antes que nosotros. Ignorar eso sería una forma de arrogancia. Y creo que ocurre algo similar con nuestras propias vidas: los errores, los fracasos y las heridas también forman parte de lo que somos.
No tienen que ser borrados.
Tienen que ser entendidos.
Durante años intenté esconder ciertas heridas debajo del tapete. Quise ignorarlas, racionalizarlas o fingir que no existían. Hoy prefiero mirarlas de frente. Comprenderlas. Aceptar que son parte de mí.
Para algunos esos fantasmas tienen nombres concretos.
Para mí, tras procesar mis traumas en la escritura, entendí que tenian la forma de un elefante azul.
Y curiosamente, es cuando dejas de luchar contra ellos cuando por fin puedes avanzar.
No para convertirte en una sola cosa.
Sino para aceptar que puedes ser varias.
Puedes emprender y escribir. Programar y crear historias. Amar y fracasar. Tener sueños distintos coexistiendo al mismo tiempo.
La libertad no consiste en elegir una única versión de nosotros mismos.
Consiste en aprender a convivir con todas. Porque justamente —como entendí al dar forma al antagonista de Gen H— el error más grave está en medirnos con etiquetas, y no como personas.
Por eso, en respuesta a aquellas secretarias y oficinistas que preguntaban cuándo llegaría el ingeniero, hoy puedo responder con total tranquilidad:
El ingeniero nunca llegó.
En su lugar llegó Iván.
Un hombre que programa, que escribe, que ama, que se equivoca, que sueña y que sigue aprendiendo.
Y después de veinte años, creo que eso era mucho más importante.