Nota escrita el 10 de septiembre de 2016, rescatada de una base de datos de un blog viejo.

Durante mis años de vida, la soledad ha sido algo que me ha marcado constantemente. Siempre que creí haber llegado a un nuevo punto —a algo más grande o, más bien, más complejo—, descubría que lo que había interpretado como un tope no lo era. Hoy, a mis treinta y un años, escribo sobre lo que parece ser un nuevo límite. Esta vez, las limitaciones geográficas, económicas, sociales y psicológicas parecen conjugarse para crear un nuevo monstruo, algo que llamaremos "el gato azul". Si llevan tiempo siguiéndome, sabrán que "el gato rojo" es mi seudónimo, el nombre sobre el que he construido mi identidad. Este surge de mi ira; pero no de una ira ciega, sino encaminada: usar toda esa emoción y potencia en algo productivo (más ejercicio, más trabajo, más eficiencia). Pero el gato azul... ¿de dónde nace?, ¿qué es?

Todo inicia en mi infancia. Soy el hermano de en medio de una familia de tres hijos. Mis padres, de clase media baja o baja alta —no sé exactamente en qué estatus—, tenían que trabajar ambos desde que tengo memoria, por lo que nuestra niñez estuvo marcada por la crianza entre nosotros mismos. Como hermano de en medio, siempre estuve opacado por la admiración que generaba mi hermano mayor: siempre el de los diplomas, el de la escolta, al que todos consideraban el más inteligente, el proyecto de mis padres. Por otro lado, estaba la sobreprotección hacia mi hermano menor, quien, aprendiendo ciertas mañas desde lo más profundo de su niñez, lloraba ante la menor provocación, ganándose el amparo de mis padres. Siempre me sentí como el chivo expiatorio, el que siempre tenía las culpas, al que debían regañar más. Tal vez, ahora que lo pienso, ocurría porque en verdad yo causaba más problemas; era mi forma inmadura de pedir la atención que sentía que me negaban.

Pero la soledad aún no había aparecido. A pesar de la ausencia de mis padres, jugaba horas con mis hermanos. Hacíamos mundiales de tazos, canicas o de "remates de cabeza". Usábamos los tazos como palanca para lanzar uno de los giratorios y meterlos en una portería hecha de lápices de colores y plastilina. Además, como la segunda versión de los tazos de Sabritas usaba a los personajes de Looney Tunes interpretando personajes, monumentos, bailes y trajes típicos por país, de ahí salían las naciones para el mundial. En la noche mi madre llegaba, nos hacía de comer y platicaba con nosotros (sigo sin entender de dónde sacaba energía, tenía dos trabajos). Debo admitir que me sentía feliz, a pesar de ser casi siempre el niño con la ropa remendada, los colores rotos y los cuadernos hechos con los materiales más baratos.

Pero entonces se preguntarán: ya lancé muchas palabras hablando de mi infancia sin tocar realmente lo que es la soledad. No se impacienten, ya viene. Necesitaba dar el contexto de qué niño fue el que se enfrentó a un evento que cambiaría mi vida para siempre, que marcaría mi relación actual con mis padres y hermanos, y por qué, en el presente, todo se juntó para formar el aislamiento en el que vivo.

Yo siempre fui curioso, el niño latoso que rompía cosas y al que siempre regañaban. Con esas características, me di cuenta de que mi padre tenía una rutina rigurosa: a determinada hora siempre salía de casa, se ausentaba por horas y regresaba, muchas veces, con un humor totalmente ajeno al que se había ido. Parecía que algo afuera lo transformaba. Así que comencé a seguirlo. Sí, imaginen la escena: un niño de siete u ocho años siguiendo a su padre en la calle. Esperaba a que él diera la vuelta en una esquina para aparecer, y así lo perseguí durante varias cuadras hasta llegar a una avenida larga; una que, hasta el día de hoy, es el escenario de mis pesadillas y conflictos oníricos. Esconderse ahí, si él decidía voltear, era un riesgo. Durante meses no me atreví a ir más allá.

Sin embargo, un día los astros se alinearon, el azar me "sonrió" y la providencia decidió que era hora de marcar mi vida para siempre. Hubo un tianguis especial y los camiones de mercancía quedaron estacionados en esa avenida: escondites perfectos para seguirlo. Así que, al fin, pude pasar ese obstáculo. Al terminar la avenida, él continuó por calles más angostas, donde era más fácil esperar a que diera la vuelta para no perderlo. Yo, después de haber llegado tan lejos, no podía echarme para atrás; estaba decidido, de una vez por todas, a saber a dónde iba.

Entró a una vecindad de esas donde los departamentos tienen un ventanal largo de lado a lado que llega hasta la puerta; abajo es pared, así que tuve que agacharme para no ser visto, ya que él había entrado en la primera casa. Contra todo temor y miedo a ser descubierto, caminé a gatas y llegué hasta el borde de la puerta. Ahí no me asomé; solo escuché. El impacto fue enorme.

—¡Hola, papá! ¡Papá! —La voz era infantil, de una niña que apenas aprendía a hablar—. ¡Mamá, ya llegó papá!

Eso llenó de curiosidad mi ser. Ante todo mi temor, y sabiendo que asomarse era la idea más estúpida que podía cometer, lo hice. Miré de reojo. Ahí estaba mi padre, abrazando a una niña que yo no conocía.

Me di por satisfecho y me retiré de inmediato. Al salir de la vecindad me eché a correr. Recuerdo que corrí y no paré de hacerlo a pesar de que la distancia no era algo que pudiera cubrir fácilmente; sin embargo, lo hice. Regresé a casa y entré de nuevo. Mi hermano menor, que se había quedado ahí, me preguntó qué había encontrado. No le dije nada; le mentí diciendo que no había podido llegar y que otra vez nos quedaríamos con la duda.

Guardé el secreto por días, no pude decírselo a nadie, hasta que finalmente se lo conté a mi madre. El impacto fue devastador. Ella se ahogó en llanto, lloró con agonía; nunca había visto una cara tan triste, y eso me causó mucho dolor. (Nota del presente, 2026: aquí nace el famoso Elefante Azul; su cara agónica es la de mi madre). Pero lo peor comenzó ahí: mi familia, en lugar de culpar a mi padre, me culpó a mi. Él me trató con mayor dureza, con firmeza. Durante días no me habló, y cuando lo hizo, fue de forma seca y cortante. Nuestra relación fue así durante años. Mis hermanos se pusieron en mi contra; me escupían o me orinaban "como jugando", lo que su mente infantil les daba en aquel entonces. Ambos confabulaban en mi contra. Los mundiales de tazos nunca volvieron a ser los mismos. Y lo peor de todo: mi madre. Ella sufría, tenía periodos enormes de llanto, pero cuando se enojaba, se desquitaba conmigo. Me llevaba los golpes más severos y también las palabras:

—No contamines a mis hijos, a ellos no... no los eches a perder... no a mi chiquito.

Ella hablaba como si yo no fuera su hijo. Eso me marcó profundamente en el paso de mis ocho años a la adolescencia. La primera soledad comenzó ahí.

Con el paso del tiempo, cuando los instintos reproductivos comenzaron a surgir, noté rápidamente algo: no fui afortunado en la lotería genética. Mientras tenía compañeros sumamente altos y con rasgos ya varoniles, yo era un niño bajito, de músculos pequeños, cara sucia y un cabello rebelde imposible de peinar. Descubrí que no era atractivo, que las mujeres no se fijaban en mí. Tenía muchas amigas; creo que la soledad que sentía con mi familia hizo que me refugiara en la amistad. Las niñas ofrecían la compañía que me faltaba en casa. Tenía muchas; por ahí aún guardo una foto mía rodeado de todas las niñas del salón. Pero no me veían como un objeto de cariño o de amor. Pasaba mis días escuchando cómo hablaban de otros hombres, de los altos, de los varoniles. Supe que el amor tampoco sería una salida en mi adolescencia; todo lo contrario, solo sería sufrimiento.

Y así fue. La única niña que pareció ser mi novia solo quería pasar materias. Yo siempre fui un chico inteligente y, hasta antes del incidente de mi padre, muy aplicado. En la secundaria era el niño que pasaba los exámenes, aunque no hiciera tareas. Ella se juntó conmigo solo para pasar las suyas y, en cuanto lo logró, naturalmente se fue. Eso me rompió el corazón, pero de algún modo ya lo sabía. Disfruté su compañía no solo como amiga, sino como mujer y, aunque no fue auténtico, aún se lo agradezco. (Nota del presente, 2026: de aquí sale la descripción y el nombre de Susana, personaje de Gen H). Esa fue la segunda soledad: los hombres no me querían y solo buscaban sacar provecho de mi capacidad intelectual; las mujeres hacían lo mismo. Pronto descubrí que realmente no tenía amigos.

Terminar la secundaria fue algo que esperé con ansias; quería rehacer mi vida social. En casa, si bien volví a hablar con mis hermanos y con mi familia, siempre fue con distancia. En ese entonces no lo sabía, pero ahí estaba: la distancia emocional que el pasado había marcado. Ellos no me conocían; yo era uno con ellos y otro muy distinto cuando no estaban. Tenía miedo de que la gente de fuera conociera a mi familia. Durante muchos años no entendí ese temor, el cual arrastré hasta pasados los veinte.

La escuela ya se había perdido, pero yo esperaba ese "borrón y cuenta nueva" del que había escrito antes. Por eso es una frase tan marcada en mi vida: nació aquí, cuando no encontraba compañía ni en la escuela ni en casa. Finalmente el día llegó y entré a la educación media superior. Ingresé a la escuela que más aciertos solicitaba en esa época; debido a la huelga de la UNAM, el honor fue para el CECyT 9 "Juan de Dios Bátiz Paredes". Después de llegar tarde a mi examen, de no estudiar y de ser el primero en salir, obtuve 105 aciertos (solo a diez puntos del mínimo de la escuela, que era 95, y lejos del máximo de 128). No me importó. Mi nuevo objetivo era no mostrarme inteligente, no ser el sabelotodo. Eso ya me había hecho daño y no podía volver a pasar por lo mismo. Mis 105 aciertos me ayudaban a mantener un perfil bajo. Así comencé la preparatoria, intentando no destacar en nada: ni en matemáticas, ni en lengua, ni en biología. Todo iba bien; de hecho, había una materia en la que realmente era malo y ni esforzándome podía pasarla: inglés.

Por algunos momentos flaqueé en mi meta de pasar desapercibido. Como cuando el profesor dijo:

—Quien resuelva este problema primero, tiene diez este bimestre y puede saltarse lo que resta de la clase.

No habían pasado ni treinta segundos cuando lo terminé. Yo solo quería ese diez para no esforzarme y, por supuesto, salir ya de la clase. Fue un error. Lo resolví mientras él apenas lo estaba dictando. Todo el mundo se sorprendió de la hazaña y el profesor empezó a tratarme diferente. Hoy que lo pienso, debí aprovecharlo, pero el daño emocional del pasado me hizo rechazarlo: no volví a entrar a esa clase, no quería esa atención.

La segunda vez ocurrió cuando estaba presente una chica que me gustaba (sí, el amor hasta la fecha es un problema). Querían resolver un problema de geometría y nadie podía. Yo presumí diciendo que ya tenía el resultado y que se esforzaran; la verdad solo quería verme bien ante ella, ni siquiera había leído el problema. Al final, como nadie pudo, me rogaron que soltara el resultado. Me negué, pero cuando ella me lo pidió, no pude resistirme. Leí por primera vez el problema y lo resolví. Otro error. Ya no pude acercarme a ella de forma normal: me comenzó a buscar solo para sus tareas. Sabía perfectamente lo que eso significaba, así que dejé de hablarle.

Finalmente tuvimos que escoger la carrera técnica: Programación. Me enamoré de ese conocimiento y no pude evitar destacar. Fue otro "error". Todo cambió cuando un chico hizo un juego de gato para dos jugadores en Java para MS-DOS; era muy rudimentario y solo verificaba que cumplieras con las reglas. Todo el mundo lo admiraba por su hazaña. Hasta ahí parecía que debía dejar que él se llevara los reflectores, pero no... otra vez el amor. La nueva chica que me gustaba lo admiraba a él, así que lo reté. Le dije que lo que había hecho era una tontería y que yo lo podía hacer mejor; él se había tardado semanas, yo dije que lo tendría para mañana. Apostamos una torta, algo muy juvenil.

Después de un día entero de emoción plasmando código, hice lo mismo que él, pero solo me tomó tres horas. Como no estaba satisfecho, programé una función para que pudieras jugar contra la computadora con cinco niveles de dificultad. Mi versión era ampliamente superior. Gané, me comí la torta, pero todo el patrón volvió: la gente me empezó a buscar de nuevo por mi conocimiento. Me volví a cerrar y apareció, una vez más, la soledad. Me alejé de todos hasta que apareció él: Andrés, mi socio de Terminus y el líder de la banda de rock a la que pertenecí. Él era un alma libre e independiente que nada tenía que ver con los niños de escuela que rodeaban el CECyT 9. Tenía una visión nueva: no aprovecharse de mis conocimientos de forma académica, sino unirlos para el comercio, para ganar dinero. Su enfoque para mí fue revolucionario. Sí, se acercó por mis habilidades, pero su perspectiva me llamó la atención. Los siguientes años merecen un post propio; el impacto de Andrés en mi vida ha sido tan grande que ninguna novia, padre o hermano se le compara. Fue una transformación total, así que no ahondaré en ello aquí. (Nota de 2027: Andrés es uno de los cuatro hombres que integran a MALO, el villano definitivo de la trilogía de Gen H).

Pero para no extenderme más, la soledad más grande, la que vivo hoy, surgió cuando Andrés y yo hicimos el segundo intento por crear una empresa, cuando nació Terminus. Fue un proyecto de siete años, con un impacto de una década entre preparación y secuelas. Debo decir que el dinero se acabó y las deudas crecieron. No tengo dinero ni para invitarle un trago a una chica, ni para visitar a mi familia (vivo en Tlaxcala y ellos en la CDMX). Llevo años sin salir con alguien, años sin conocer lo que es un cuerpo femenino, sin recibir una caricia.

Lo peor es que mi única compañía, Andrés, y yo estamos peleados. La empresa está por quebrar; ya pactamos la disolución a un año de aquí en adelante. Él ya no pasa tiempo conmigo, lo que significa que perdí todo su círculo social, el único que he tenido en Tlaxcala. Así que paso semanas sin hablar con un ser humano de frente, más allá del señor que atiende la tiendita. Tampoco hablo con mi familia; los problemas del pasado se hicieron enormes. Mientras mis hermanos viven en casa de mis padres, yo llevo casi diez años de no habitar ahí y meses sin pisar esa casa. Y aunque nadie lo ha planteado abiertamente, yo, después del incidente de mi padre, fui el hijo más lejano: el que se fue a vivir lejos, el que no llama. La dinámica se estableció así.

Esta es mi soledad más profunda, el pináculo de todo lo que he vivido. Mi única compañía es mi gata Nerisa (Nota de 2026: su nombre cambió a Negri, personaje también de Casa de los Michis) y Mauricio, un gato juguetón (Nota de 2027: personaje de Casa de los Michis). Cuento día a día el tiempo que me queda para regresar a la CDMX; aún faltan más de trescientos sesenta días, pero llevo la cuenta en un calendario. Ya he empezado a empacar cosas; no quiero que nada retrase ese momento. Voy todos los días a correr, espero bajar mis veinte kilos de sobrepeso para ese entonces. Y aunque mi lenguaje verbal está atrofiado —ya es más difícil entenderme por la falta de práctica—, mi lenguaje escrito ha mejorado.

Espero que el 15 de septiembre de 2017, día de la Independencia, declare mi independencia de Terminus, pero sobre todo, que me aleje de la soledad de una vez por todas.