Encontrar un escrito tan viejo —diez años atrás— y lleno de confesiones que seguramente nadie haría de frente, me estremece. Estaba destinado a perderse en un blog que nadie leería porque, seamos honestos, la época de los blogs generaba mucho contenido personal que al final solo leía el autor. Ese era el sentido de aquella nota: permanecer escondida en una página oculta dentro de un dominio que nada tenía que ver con mi identidad. Tenía el objetivo de un diario; sin embargo, me asombra que, incluso con eso en mente, mi yo del pasado fuera incapaz de decirlo todo, de plasmar los momentos más oscuros.
Como el hecho de que, a pesar de ser un ateo de toda la vida, en una ocasión lloré al retirarme de una fiesta. Había ocho parejas; todos mis amigos y conocidos tenían una vida sentimental activa. En cambio yo iba solo. Al ver que no encajaba en la dinámica, me fui. Así, un hombre de treinta y dos años lloraba mientras manejaba un coche, pidiéndole a un ser en el que nunca había creído que cambiara su situación. Sí, me refiero a Dios.
Esa anécdota es solo una de tantas, y al leerme puedo notar que me concentré en la soledad pasada, pero, por alguna razón, evité la soledad presente. El sufrimiento que vivía en ese instante no se tocó; solo hubo un último párrafo exprés que narró la situación general, pero no las emociones que me carcomían. Hoy, diez años después, puedo decir que al escribir personajes —sobre todo aquellos que tenían un eco personal o estaban ligados a mis afectos— me costaba mucho adentrarme en ellos y expresar lo que sentían. Fue un ejercicio titánico: horas de escritura y de analizar traumas para poder exteriorizar lo que llevo dentro.
Podía armar una saga donde el grupo de héroes y el personaje que representaba a la mujer que tanto amé se enfrentaban al Dragón de la Apatía. El monstruo era tan poderoso que casi se tragaba la existencia misma, hasta que ella se lanzaba al abismo para despertar el alma atrapada dentro de la bestia y vencer la abulia. Durante meses la escena estuvo bien explicada, fluía y tenía las mecánicas perfectamente plasmadas; pero Andrea, la mujer que amé, no hablaba, y yo, el hombre atrapado en el dragón, tampoco. Era incapaz de expresar esas emociones en diálogos. No sabía por qué había escrito esa escena, ni mucho menos por qué me hacía llorar.
Pero al fin lo conseguí. Descubrí que esa escena era el símbolo de lo que sentí cuando ella se fue. Los únicos supervivientes del grupo eran Luis y Liliana, los hijos que imaginé con ella, aquellos por los que alguna vez discutimos sobre a quién iban a querer más. En el instante en que ellos se esfumaron en la vida real, nació la apatía: Mosasaurus Abulia de Gen H nació ese día, y el padre de Luis (yo) estaba atrapado en él. Cuando Andrea se lanza al vacío en el texto, representa lo que siempre quise que hiciera: que peleara por el amor que en teoría teníamos; que el ghosteo de la realidad fuera la fantasía, y esta escena, la verdadera realidad. Como no podía ser de otra forma, el capítulo se llama «Reunión familiar». Ahí di vida a lo que nunca tuve: abracé a los hijos que imaginé, Luis y Liliana(Lilith), y besé a Andrea como a una esposa que me quería. Lloré más que cuando lo escribí por primera vez, porque al final descubrí que no estaba escribiendo fantasía: estaba escribiendo el duelo que nunca fui capaz de expresar. Tras eso, mis emociones pudieron salir libremente. Ahora no temo esconderlas.
Al leerme, me doy cuenta de que la soledad siempre nació de esa imposibilidad: la incapacidad de expresar. Esa traba que nació el día que le conté a mi madre lo de la otra hija de mi padre, el día que el Elefante Azul cobró vida. Fue mi incapacidad de comunicar no solo la verdad, sino mi interior. Al igual que un escritor que es incapaz de matar a sus personajes a menos que sea en un flashback, yo era incapaz de hablar de mis emociones presentes; solo podía hablar de las pasadas, cuando el juicio —no el externo, sino el propio— ya no podía causar un daño real, como el quiebre que ocurrió cuando hablé con mi madre.
Ese bloqueo me arrastró a dinámicas de amor que no fueron las mejores; buscaba compañía no por la persona, sino para no estar solo. Pero una vez que regresé de Tlaxcala, encontré trabajo, hice ejercicio y perdí veinte kilos. Mi vida sentimental cambió radicalmente: la precariedad y la falta de opciones se fueron. Ya no era necesario que yo buscara a las chicas, ellas llegaban solas. Al conocerme, se fijaban en mí, les parecía alguien interesante y tuve varias relaciones con resultados muy variados. Inclusive conocí, por primera vez, a una mujer que al verla dormir y al verla despertar, me hizo querer tener hijos con ella. La soledad superficial se fue, incluso abuse de esa nueva suerte, pero eso será tema para otra ocasión.
Lo verdaderamente crucial fue otra cosa: el miedo a expresar lo que estaba dentro de mí desapareció. Escribir es una manera de exteriorizar, y al compartirlo, de un modo indirecto, estás abriendo tu interior a los demás. Esa fue la manera en que empecé a perder el temor.
Hoy no sé cuánto de ese miedo se fue ni cuánto queda. Solo sé que, una vez que lo descubrí, ya nada es igual. He podido moverme con más fluidez y te puedo asegurar una cosa: la soledad se fue. Y no porque ahora tenga mucha gente a mi alrededor, sino porque cuando no hay nadie más y me quedo a solas con mis pensamientos, ya no me siento solo.
Hace diez años creía que escribía para calmar mi soledad. Hoy entiendo que escribía para aprender a decir lo que nunca había podido expresar. Todo lo demás —Gen H, Casa de los Michis y los mundos que construí— nació como consecuencia de ese descubrimiento.