Siempre me ha impresionado la elevada dosis de violencia que pueden contener mis sueños. En ocasiones soy la víctima y en otras el victimario; estar de un lado o del otro nunca es satisfactorio. Al despertar, me resulta difícil descifrar en qué situación quedo más consternado o con mayor temor. El siguiente sueño posee un nivel de violencia explícita y perturbadora, pero sobrevivió intacto en mi memoria.

Todo comienza en la Ciudad de México, en una colonia de clase alta. Caminaba como de costumbre al lado de mi novia después de comer en un restaurante (una actividad habitual de fin de semana para nosotros).

De pronto, las calles se llenaron de montones de carne y sangre. El piso quedó cubierto por restos humanos de todos los tamaños y edades; incluso se alcanzaban a ver brazos gigantescos y extremidades tan arrugadas y viejas que parecían de reptil. Al mirar hacia los árboles, noté que sus ramas también estaban saturadas de restos humanos y fetos, en una estampa idéntica al árbol que aparece en el video musical de Heart-Shaped Box de Nirvana.

Al observar el cielo, nos percatamos de que los restos seguían cayendo desde la distancia. Buscamos un lugar alto para identificar el origen de semejante espectáculo y a lo lejos divisamos una masacre.

A la distancia, un ser felinoide hacía pedazos y lanzaba al cielo a una cantidad inmensa de personas que intentaban detenerlo; la multitud era tan densa como una calle del Centro Histórico en hora pico. A pesar de ver cómo terminaban los demás, la gente no dejaba de atacarlo antes de ser convertida en jirones de carne.

Entonces, entre el tumulto, aparecieron humanos con habilidades especiales haciendo una entrada espectacular, al estilo de las películas de superhéroes. Era un grupo muy parecido a la Liga de la Justicia: incluía una versión de Superman de raza negra y una versión de Batman idéntica a la original.

Comenzaron a pelear contra el ser felinoide, pero no eran rivales suficientes. A pesar de que uno de los héroes era capaz de levantar edificios como si fueran piedras, no lograban hacerle daño al gato humanoide; este lo destrozaba todo con la mente antes de que los objetos pudieran tocar su cuerpo.

De pronto la escena cambió a la noche. El ser felinoide huyó hacia un edificio mientras se transformaba en un humano ordinario. En ese momento nos percatamos de dos cosas: que el edificio era su guarida y que la noche lo debilitaba, obligándolo a mantener su forma humana. Para este punto del sueño, yo ya me había integrado al grupo de héroes, asumiendo específicamente el papel de Batman.

Sin embargo, el refugio tenía una regla: los poderes de todos los metahumanos desaparecían al acercarse al inmueble. Teníamos que entrar como personas normales y la única vía era el techo. Sin la capacidad de volar o dar saltos sobrehumanos, la tarea era casi imposible para los demás, pero no para mí; como Batman, estaba habituado a operar sin poderes. Utilizando dos pistolas de ganchos (idénticas a las de la serie animada), logré columpiarme y subir a otro de los superhéroes conmigo hasta la azotea para infiltrarnos.

Una vez dentro, debíamos encontrar al enemigo, cuya apariencia humana desconocíamos. Al ver pasar a un tipo vestido de payaso callejero —idéntico al Arthur Fleck de Joaquin Phoenix— supimos de inmediato que era él. Lo capturamos, lo amarramos a una silla dentro de una habitación y comenzamos un cruel interrogatorio para extraer una verdad que, incluso dentro del sueño, yo desconocía.

La tortura fue brutal. Le arrancamos trozos de carne con pinzas, lo quemamos y le enterramos múltiples objetos punzocortantes. A pesar del castigo, el hombre no dejaba de reírse como un demente. De pronto, con una voz híbrida entre maullido y habla humana, nos sentenció:

—"No saben con quién se metieron, ¡ahora verán!"

En ese instante, la realidad se distorsionó. Todo el castigo físico que le estábamos infringiendo al payaso comenzó a manifestarse en el Superman afroamericano. Controlados por la voluntad del ente, todos los héroes empezamos a golpear a Superman en bucle hasta matarlo y reducirlo a una masa de carne. Acto seguido, el control mental nos obligó a continuar la matanza entre nosotros, ejecutando a otro héroe de la misma manera.

Al darme cuenta de que el ser manipulaba nuestra voluntad haciéndonos autodestruirnos, busqué un anclaje mental. Comencé a pensar en mis gatos reales, Mauricio y Nerisa, y a repetir un mantra mental en bucle:

—"Tú no eres superior a Mauricio. Tú no eres superior a Mauricio".

El sistema funcionó. Cada vez que lo decía, el ente se convulsionaba y emanaba un aura verde radiactiva, hasta que su cuerpo se redujo al de un gatito indefenso (una transformación muy similar a la escena de la película It Capítulo 2). En ese estado, empecé a atacarlo físicamente. Fue una sensación sumamente extraña y desesperante, ya que despierto soy incapaz de dañar a un animal y siento una profunda empatía por los gatos.

Con mis manos le rompí las patas, le saqué los ojos y le propiné varios puñetazos en las costillas. El pequeño gato se veía gravemente afectado por los golpes, pero comenzó a devorar la carne de los héroes muertos a su alrededor, regenerándose y creciendo a una velocidad alarmante. Mis ataques se volvieron frenéticos, desesperados y a matar, pero el ente seguía comiendo y aumentando de tamaño.

Justo cuando la situación se volvía incontrolable, apareció mi gato Mauricio (un gato gris en la realidad, pero que en el sueño se manifestaba pintado de un color rojo brillante). Mauricio tomó al ente por el cuello como si fuera una simple rata y se lo tragó por completo.

El sueño terminó de golpe de manera abrupta. Desperté en el mundo real debido a que mis gatos estaban maullando al lado de la cama; se me había hecho un poco tarde y exigían su desayuno. El estímulo auditivo exterior terminó por moldear el desenlace de la historia.