Uno de los sueños que más recuerdo y que más me ha impactado ocurrió una noche en la que soñé con el mismísimo Winston Churchill. No fue precisamente una experiencia agradable; de hecho, fue bastante repugnante y extraña. Creo que nunca olvidaré la imagen mental de aquel distinguido estadista vestido con lencería, muy parecida a la que usaba Lunch en Dragon Ball cuando el Maestro Roshi les daba nuevos trajes de "entrenamiento".
El sueño comienza cuando, por alguna razón que desconozco, debo buscar a mi hermano mayor. Es una petición de mi madre. Mi hermano menor me acompaña, aunque el responsable de la misión soy yo.
Comenzamos la búsqueda por la casa de mi hermano. Esto ya resulta extraño, porque en la vida real él no tiene casa propia y vive con mis padres. Sin embargo, en el sueño aquello parecía perfectamente normal.
La casa era vieja, de madera y con aspecto deteriorado, muy parecida al escenario principal de una película de terror. Cuando tocamos la puerta nos recibió una mujer muy hermosa, vestida completamente de blanco y con una piel extremadamente pálida.
Lo primero que nos dijo fue que no podían entrar ni los elefantes ni los girasoles.
A mi hermano y a mí aquello nos pareció una advertencia absurda, así que entramos sin darle mayor importancia.
Fue entonces cuando notamos algo extraño.
Alrededor de todas las ventanas había elefantes y girasoles observando hacia el interior de la casa. Todos tenían rostros caricaturescos y muy expresivos. Lo que más recuerdo es que parecían profundamente tristes.
Por alguna razón, las caras de los elefantes me producían una sensación extraña, una mezcla de miedo y lástima. Sentía deseos de ayudarlos, pero al mismo tiempo no quería salir de la casa y correr el riesgo de no poder volver a entrar.
La mujer nos explicó que, para subir al siguiente piso, debíamos superar una prueba espiritual destinada a mejorarnos como personas. Cada uno tendría que realizarla por separado y tendría un sinodal encargado de guiarlo.
Me tocó pasar primero.
Subí una escalera y atravesé una puerta. Cuando esta se cerró detrás de mí, todo el entorno se volvió rojo y difuso. Después de unos momentos el escenario terminó de definirse.
Me encontraba en una especie de burlesque decorado con símbolos relacionados con Inglaterra.
Entonces ocurrió algo más extraño.
Yo ya no era un hombre.
Era una mujer de cabello largo, muy delgada y bastante parecida a Aline, una amiga mía que durante un tiempo trabajó conmigo.
Además, llevaba puesta ropa interior infantil color rosa decorada con figuras de Hello Kitty.
En ese momento apareció Winston Churchill.
Vestía lencería y tenía una expresión que me resultó inquietante.
Me explicó que para superar la prueba debía hacer el amor con él.
Al principio me negué. Sin embargo, terminé aceptando porque quería completar la prueba y continuar con la búsqueda de mi hermano.
Pero cuando Churchill comenzó a tocarme e intentó besarme, reaccioné de inmediato. Lo empujé de una patada y le dije que prefería morir antes que permitir algo así.
Entonces Churchill respondió:
—Has pasado la prueba.
Inmediatamente después aparecí en el último piso de la casa.
Para mi sorpresa, mi hermano menor ya se encontraba allí.
El lugar estaba lleno de objetos antiguos, principalmente aparatos electrónicos de bulbos. Tanto mi hermano como yo asumimos que aquello significaba que nuestro hermano mayor debía estar cerca, ya que él estudió comunicaciones y electrónica y durante mucho tiempo tuvo su habitación llena de aparatos abiertos y piezas regadas por todas partes.
Entonces vimos un cetro.
Era enorme, como si hubiera sido fabricado para una persona de unos cinco metros de altura.
En la parte superior había una figura de Jesús crucificado, pero era de color verde y tenía los ojos rojos. La cruz se encontraba sobre una montaña de cráneos y estaba adornada con cientos de representaciones de penes, senos y otras figuras relacionadas con la sexualidad.
Se me ocurrió tocarlo.
Al hacerlo, la figura de Jesús comenzó a abrir la boca y a expulsar un líquido naranja fosforescente mientras giraba sobre sí misma.
Poco después el piso comenzó a abrirse.
Al mismo tiempo empezaron a escucharse voces extrañas, graves y con un tono mecánico.
Finalmente apareció una figura humanoide completamente oscura.
Mi hermano y yo asumimos inmediatamente que se trataba del Diablo.
Intentamos huir.
Fue inútil.
Comenzamos a hundirnos lentamente en el piso.
Cuando ya estaba a punto de desaparecer por completo, levanté una mano y maldije a aquella figura. Mi intención era decirle que se pudriera porque yo ya estaba muerto.
Sin embargo, justo en ese instante desperté.
Y en lugar de terminar la frase como pensaba hacerlo dentro del sueño, terminé diciendo:
—¡Que te pudras porque yo ya estoy despierto!
Abrí los ojos inmediatamente después.
Hasta el día de hoy sigo pensando que es uno de los sueños más extraños que he tenido.